Un adulto que hace música es como un niño jugando
(o debería ser)
El acto de hacer música reactualiza una experiencia esencial de la infancia —aunque atravesada por una mayor conciencia—: el juego.
Cuando un niño juega, no simplemente se entretiene: construye un mundo propio, con leyes internas, una lógica particular y también sus zonas de desorden. En ese espacio lúdico no existe nada externo; incluso cuando hay otros participantes, todos forman parte del mismo universo del juego. Cuando el juego es auténtico, no hay un “afuera”: todo ocurre dentro de ese marco.
Ese pequeño mundo es completo en sí mismo.
Tanto en el juego como en la práctica musical pueden reconocerse tres componentes fundamentales: quien juega (o interpreta), el juego específico (o la obra), y los medios a través de los cuales ese juego se despliega.
Del mismo modo que en la música, el niño proyecta su mundo interior en la actividad lúdica. El juego funciona como un canal de manifestación interna: jugar es una forma de decirse, de exteriorizar lo que se es.
No existe un fin que trascienda al propio juego. Sus objetivos están contenidos en él mismo.
Cuando el juego concluye, no deja huellas materiales. Si fue vivido con disfrute, el niño se sentirá algo más pleno; si no, un poco menos. Nada más que eso.
Algo similar ocurre con el hecho musical. Cuando el concierto finaliza, tampoco queda nada tangible. El músico ha tocado y ha logrado —en mayor o menor medida— conectarse consigo mismo.
Un niño que juega con frecuencia se aproxima más a la felicidad. Y un músico que hace música a menudo y disfruta genuinamente de ese hacer también se acerca más a ella.
¿Te resuena algo de todo esto en tu propia experiencia?